M D F. '12.05
A stand for beauty
Hoy quiero hablarles de alguien en particular. Una persona con quien he tenido mis más y mis menos, pero, siempre ha estado ahí, de un modo u otro -y siempre lo estará, hasta que uno de los dos deje de ser, quién primero, por supuesto espero que yo, bien que puede ser ella-. Lectora asidua de los mentideros, estoy seguro estas líneas habrán de agradarle. A los lectores que no, pasen a mentideros anteriores, posteriores, o a otro lado.
Se trata de mi hermana Teresa. En sí misma, resulta un personaje, y podríamos, en miras al encomio, enlistar sus virtudes, trayectoria, currículum, habilidades, logros; en miras a definirla, pasar a sus gustos, metas, complejos, ideas, recuerdos, apariencias -sí, apariencias: nadie es nada toda la vida, ni lo mismo, ni se le percibe igual por siempre-; si en cambio quisiéramos proyectarle, sólo necesitaríamos encuestar a unas cuantas personas que le conozcan, para bien o para mal -o para bien y para mal- y listo: las opiniones de otros dejarían claro, sin lugar a dudas, se trata de una gran persona. Pero no hice tal encuesta, ni ando por la labor de exhibirle -me parece presuntuoso decir mi hermana es la mejor hermana del mundo, aunque lo sea, y después darle a la tecla para demostrarlo-. Bastaría, casi, con un par de frases, para enunciarle tal cual. Parafraseando a Amado Nervo, "pudiendo ser rica, prefirió ser maestra".
Casi.
Por una casualidad, vine a pasar unos días acá, a su casa -no es una casa muy grande, sino más bien pequeña -de esas que llamamos de interés social: échenle un ojo a las viviendas de los esclavos de Tatooine, en "La amenaza fantasma", para darse una idea, si no las conocen-, pero en ella viven, sin complicaciones, un gato, un perro, una tarántula, dos adolescentes, varios cientos de personajes -mi hijo Sabe estuvo aquí un tiempo secuestrado por algunos de ellos-, los mejores amigos de dichos adolescentes, sobre todo en verano y fin de semana, otra hermana y hasta su madre, de cuando en cuando. Será porque la titular de este hogar es ingeniera, o por la cantidad de libros que ha leído en su vida, que el espacio parece estar distorsionado en más de las tres dimensiones habituales, pues de otro modo no hay manera tantos y tantos vivamos aquí, estos días, sin estar ni apretados ni incómodos. También explicaría el por qué desaparecen tan seguido los calcetines pares- encontrándome no sólo es la persona que me quiere y quiero, sino, la persona que yo recuerdo no se agüita ni achicopala. Una hembra capaz de enfrentarse a todos, en su terreno, y darles una paliza. Déjenme les cuento cómo.
Cada mañana, especialmente los sábados, los vecinos se dan vuelo : personas con cierta necesidad a imponerse y demostrar su existencia mediante la vía del escándalo acústico, no hay mañana en la que no pongan, cada quién, su música favorita o acostumbrada a más de 80 decibelios de volumen. Imagínense lo que es eso, cinco a doce casas, promoviendo su estruendo sin pararse a pensar siquiera en los niños menores de ocho años que viven en cada una de dichas casas, en la propia casa. El horror. Ya habíamos platicado por aquí el gusto musical es personalísimo, y si a alguien no le gusta el punchis punchis, es fallo de su gusto, no de quien sí lo disfruta. Pero eso no le da derecho a éste a fastidiar a todos los demás con su deleite. No importa: el mundo que se crean ahí, es el mundo que les acomoda, donde tener derecho o no, no limita a nadie: "Estoy en mi casa, hago lo que me da la gana, y que se chinguen los otros". En principio, no me cabe duda, cada cual comenzó a subirle al sonido por necesidad: el estruendo de al lado no permitía escuchar el propio; pero ahora, más que eso, dan la imagen de estar en una guerra de estéreos con bocinas de baja calidad. Eso sí, con la de la casa bien abierta.
Personalmente me costaba trabajo entender el conflicto, hasta que lo viví -lo escuché no lo describe del todo- en tímpanos propios. En verdad da asco, saber tantas y tantas personas no tienen la más remota idea sobre temas como convivir con urbanidad, respeto a los demás, y hasta salud propia. Ya tendrán cuarenta años y estarán medio sordos -la mayoría de los según ellos mismos melómanos no pasan de los 25-, y sus hijos también, pero a la edad que tienen ellos ahora. Hablar con ellos, explicarles en casa está una mujer de setenta y tantos con problemas de salud, incluso rogarles le bajen dos rayitas, por cortesía, está de más. Personalmente, yo terminaría por sellar mis ventanas con corcho, o largándome de ahí. Pero no mi hermana. Ella, con su infinita paciencia, esperó se calmara la guerra de las bandas, esperó entraran en cordura los cohabitantes del condominio, esperó alguien se hartase y pusiese un alto. Y nada. Así que, harta ella misma de sufrir el escándalo ajeno, se sumó a los contendientes. "No queda sino escucharnos", habrá pensado, mientras colocaba su disco de batalla, abría, despacito, las ventanas y la puerta, y, cómodamente sentada a su mesa, le pedía a su hijo le pusiese play a la música clásica, esa que por allá nadie soporta, por aburrida y sin letra. Y porque dura, cada movimiento, entre 15 y 30 minutos, claro.
Una hora y cuarto, de la orquesta sonando al tope de la buena definición acústica su televisor -unos 100 decibelios, creo-, mientras, uno a uno, los vecinos iban reculando. Quedaron como cuatro en pie, tras el primer round. Por lo que, aprovechando la magia del replay, otra hora y cuarto, de lo mismo. Al final se tornó duelo personalísimo entre la delicia de la sinfónica y la sinrazón de "las cien canciones más buscadas de la temporada". Santo remedio: otra hora y cuarto, de lo mismo. Al final, sólo una quedó en pie. Celebró muy a su modo: otra hora y media, de lo mismo. Sólo por el gusto.
Cabe notar desde ese sábado los vecinos tienen a bien reducir sus escaramuzas a un par de horas al día... casi todas aquellas en las que no está la profesora en su casa.
En este mundo particular, donde abunda quien gusta de cumbias, reguetón -o como diablos se escriba-, duranguense, rock, pop, hip hop y acaso uno que otro opta por el mariachi, da consuelo al menos una persona, en la guerra de la cacofonía, da la cara por la belleza. Y gana.
Y esa persona es mi hermana. En verdad soy afortunado.
Manuel Emilio Castillo Silva
El Tugurio de la Espada, a 16 de enero de 2012.
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Mentidero de Falacias. Virgilio Sofistófeles.
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Y AUN CUANDO NO ENTRO TANTO, Y AUN CUANDO ESTAR DE ACUERDO NO ES LO MAS COMUN EN MI, SOLO PUE@O SECUNDAR LO DICHO POR ESTE ESCRITOR AL FINAL DE SU MEJTIDERO, PERO EN FEMENINO "EN VERDAD SOY AFORTUNADA", Y AGREGO A TÍTULO PERSONAL "GOD SAVE THE QUEEN".
Gracias por dedicarme un espacio Teresa
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