10 enero 2012

M D F. '12.03

Entre el cielo y la tierra.

Noche Vieja, Noche Nueva. Una oruga pequeña, sube por una hoja del pino, apenas más delgada que ella. Pequeña, verde, discreta. No tendrá a donde ir, una vez llegue a la punta, y aún es muy pronto para formar su crisálida. Hace frío, y más frío va a hacer aún, pronto, conforme avance la noche hasta que deje de serlo del todo, tras la aurora. Algunos vecinos truenan cohetes, casi toda mi familia está dentro de casa, departiendo. Yo, en medio de esta noche, fumo.

Le dedico un par de pensamientos a la situación de la oruga: no creo que logre sobrevivir, es demasiado pequeña aún, necesitará alimentarse, beber, tener suerte y no ser vista por lagartijas aves, otros bichos; incluso, necesitará tener demasiada suerte y sí ser vista por algunos bichos, como éste que escribe, si en su andar de aquí para allá sucede su estar coincide con el probable del pie que camina, para no convertirse ella misma en camino. Además, me da algo de pena: tan pronto llegue al extremo de la rama, habrá de regresarse, y todo ese esfuerzo lo habrá hecho de balde. Veo en ella, lo que pienso de mí, a estas alturas. Y quizá vaya siendo tiempo de entrar de una vez, a mi casa, el cigarro se acaba.

Cae la ceniza -la del cigarro, no de la actitud-, y me doy cuenta: mi sobrino, el más pequeño, mira con gusto y deleite los fuegos artificiales, lejanos los más, brillantes y alegres todos. "¿Ya nos metemos?" pregunta, al ver inicio el gesto que significa exactamente, eso, "Vámonos adentro", y no puedo evitar sentirme conmovido: nos separan dos décadas, y en alguna parte de los últimos años -en algún momento de los últimos días- perdí esa jovialidad y esperanza y goce que ahora mismo el contiene, en su mirada y en su sonrisa: feliz, sólo desea disfrutar otro rato de la pirotecnia, sin que le importen en nada el frío, la hora, el sueño. "No, si quieres nos quedamos otro rato más", le digo, incapaz de sustraerme al encanto.

Otro rato, toca encender otro cigarrillo. Poco a poco, mirándole, voy recordando, esa simplicidad. Y comprendo: él, a sus años, con todas sus preocupaciones, que no son pocas, se da tiempo y espacio, aquí, ahora, para aquello que tanto disfruta. Es ya un adolescente, quiéralo o no, pero, eso no le impide, por un rato, sentirse feliz, sólo por estar vivo. Para él, las luces de la noche son sólo las luces de la noche, sorpresas efímeras, y así todo, deleitantes. "Hazte para acá, desde acá se ve mejor", le sugiero, y como de algún modo todavía me tiene confianza además de cariño, se acerca y mira. Y sí, mira más contento, y más contento yo lo miro, pues estamos juntos.

Se acaba el pitillo. Cada vez hay menos cohetes, y el frío comienza a calar -su nariz está enrojecida, y vuelve a la escuela en dos días, no está chido quedarnos más tiempo-. Lanzo de nuevo la brasa, que cae lejos de aquella otra, previa, con todo ceniza -la del cigarro, de la actitud-, y comienzo a girarme para abrir la puerta. Entonces, la miro de nuevo, a la oruga: habrá llegado ya al final del recorrido posible, y se vuelve, muy en lo suyo, sobre sus pasos, sin una queja visible o interpretable, esperando y buscando, instintiva, el momento de guardarse a sí misma para renacer con alas. No sé si lo logre, pero espero que sí. Ojalá que sí.

Sonriente, por primera vez en el calendario, descubro otro pensamiento que no borra mi sonrisa, mas la templa: alguien a quien conocí alguna vez habría mirado, también, con ojos de vida, esta noche, a la oruga, y a la vida.


Manuel Emilio Castillo Silva.
La catacumba del mapache, a 2 de enero de 2011.


*********

Mentidero de Falacias. Virgilio Sofistófeles.

Etiquetas:

0

Publicar un comentario

Latitud y longuitudh4>

Crear un vínculo

<< Home