31 diciembre 2011

M D F. '11.46

Cólera de otros tiempos.

Aunque se apuren, ya no llegan. Salieron antes de la madrugada, todo el día anterior desde las seis de la mañana en vela y las primeras horas de la nochebuena también, con tal de alcanzar el camión que habría de llevarlos al otro lado, en un viaje de 45 horas, a tiempo de pasar el día de Navidad con su madre y su padre, moribundos y desahuciados -los desconectarán a pocas horas de conectar el año-. Pero tampoco podían no venir, a su tierra, a dejarle a sus primeras esposas y vástagos unos dólares que convertidos en pesos darán para al menos medio año de comida, aportaciones voluntarias en la escuela pública y pasajes -diez años de jugarse la vida yendo y volviendo ya dieron para comprarse una casita, no muy grande pero bastante mejor que el jacal de donde salieron, ellos y once más, de los cuales sólo siete siguen vivos: las enfermedades, el hambre y la mala fortuna jugaron las cartas de rigor en gente como ellos, más dados a tomarlas todas cuando vienen mal dadas, que es casi siempre-. Las mujeres se quedan sin saber si volverán a verlos, despidiéndolos como cada vez: abrazos y lágrimas forzadas, no por ello menos auténticas. Apenas si les pasan, ellas, factura de los melindres e inconvenientes diarios acumulados durante la distancia -que es decir la ausencia-: a fuerza de vivir juntas, terminaron por acostumbrarse a lidiarse una a otra, a veces hermanas y a veces enemigas, más íntimas en su cercanía de lo que estos dos hermanos suponen siquiera.

El mayor enciende un cigarrillo, y duda entre ofrecerle o no al otro, quien presto le ofrece fuego, raspando el cerillo talismán sobre la lija, recién adquirida la caja en una de esas tiendas de ocasión. A pesar de lo que han pasado juntos, conservan ciertas maneras de antes. Por ejemplo, nunca hablan los dos a la vez, ni pone el menor en duda lo que el mayor determina, ni siquiera cuando fue él, el benjamín, quien no pudo cruzar la frontera y se vio obligado a quedarse, doce meses interminables, en Tijuana. Tampoco cruzan palabra sobre las noticias que éste tuvo sobre el hermano y la hermana a quienes creían muertos en el desierto, y se encontró convertidos en sicario y bailarina, respectivamente. Cada cuál hizo lo que pudo para ganarse la vida, y para cómo está el panorama, quizá sean esos dos los que al final sigan vigentes. En todo caso, tuvieron las maneras para no embarrar a ninguno de los otros cinco en sus cosas, deslindándose por completo del núcleo familiar. Como todos. Si les preguntasen a estos dos que esperan en la central, dirían otra cosa, pero su verdadero núcleo familiar son ellos dos, uno para el otro, desde que el mayor sacó a su hermanito, entonces aún adolescente, de la escuela, las drogas y la bebida, para llevárselo a trabajar. De todos modos, la tentación de ir a visitar al par fronterizo es grande, debido a la temporada. Mucho cariño y noticias pendientes, cariño bronco, brutal en ocasiones y casi siempre silencioso. Pero cariño al cabo. Además, sus padres están por morir. Tal vez debieran tratar de avisarles.

En eso está cavilando el mayor, heredero del título implícito de patriarca en cuanto muera su padre, septuagenario ya, cuando la mira pasar. No es una mujer particularmente hermosa, pero le recuerda otros días, más amables. Días en que cruzar el río grande no era un imposible, sino una necesidad cotidiana. No es casual la memoria: por aquellos tiempos, cuando comenzó los viajes anuales, la conoció, como de pasada, sin llegar a conocerla de verás, mas no por falta de ganas. Y por poco se le escapa esta vez, al verla. La ubica más por la sonrisa y los ojos que por otra cosa -el tiempo no pasó en vano por ella: hermosa a sus treinta y tantos-, y le pica el orgullo ver cómo abraza al hombre que está con ella: un ganapán tan como él mismo, que asusta. "Qué hará ésta con ése", se piensa, con cierto rencor al venirle a la mente, sin saber eso es lo que está pensando, la memoria de otra vida, sosegada y pobre, pero con la mujer que tiene enfrente a su lado, y aún antes de saber por qué se acerca y saluda. El tipo al que la mujer abrazaba un minuto antes se desconcierta, y trata de volver a tomarle la cintura, cosa que ella previene acercándose un poco más para abrazar al mayor tan pronto lo mira y ubica.

- Hola! Tanto tiempo... Allá al pueblo, me quedé ahí a vivir, ¿y tú?... Sí, caray, estos camiones que hacen lo que se les da la gana, nos rompen los planes a todos.... Bueno, si es así, vente conmigo, tus primos se pondrán felices de verte -dice ella con aquella sonrisa de otros tiempos. Y sí, son otros tiempos, piensa el mayor, mientras su hermano controla con la mirada al tarugo que no sabe si armar jaleo o irse de una vez, sabiéndose desplazado. El mayor, mientras, descubre no irá ya a Tijuana ni a frontera alguna, irá al pueblo donde él y ella se conocieron, tienen todo el camino para ponerse al corriente. Total, aunque se apuren, ya no llegan a tiempo de despedirse de sus padres, y regalos de Navidad como el que tiene enfrente, sonriéndole con una promesa pendiente, se dan una vez en la vida.

De todos modos, en algún momento tenían que terminar estas idas y venidas del carajo.

Manuel Emilio Castillo Silva.

La catacumba del mapache, a 31 de diciembre de 2011.



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Mentidero de Falacias. Virgilio Sofistófeles.

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